Fernando Saiz. 23 de octubre de 2017

Estimado Pep:

Te escribo porque he leído tus declaraciones sobre el ingreso en prisión preventiva de los Jordis, y no me han gustado. Pero antes de entrar en materia, te pongo en antecedentes sobre mi persona, que igual no te interesa en absoluto, pero bueno, es para que me sitúes, como hacen los periodistas en la ruedas de prensa cuando identifican el medio para el que trabajan:

 

  • Soy del Barça desde que me acuerdo y desde hace más de 35 años vivo en Madrid, a 40 metros de la casa donde vivió Santiago Bernabéu, y rodeado de madridistas de toda laya y condición (templados, acérrimos, ecuánimes, antiflorentinistas, mourinhistas, intolerantes, respetuosos, socarrones… gente maja en general). Defiendo que siendo independentista te pusieras la camiseta de la selección. Hasta defiendo a Piqué cuando se le va a olla. Creo por tanto haberme ganado el carné de miembro activo de la resistencia azulgrana en Madrid.
  • Te admiro como entrenador. Mis mejores memorias como aficionado del Barca (Johan Cruyff al margen, que ese come aparte en el imaginario culé) están ligados a tus éxitos en el campo. Es recordar la primera final de la Copa de Europa contra el United y se me pone la gallina de piel, que diría Johan. Hace un tiempo hablé de ti con Simon Kuper, un conocido periodista y especialista en deportes del ‘Financial Times’, y me dijo que en el Barcelona conseguiste la síntesis perfecta ente el juego de pase y de posición que hizo grande a Cruyff y la organización defensiva de los equipos italianos. Estoy bastante de acuerdo con Kuper.
  • No soy independentista ni anti. Creo que el nacionalismo es una opción legítima, aunque he de reconocerte que siempre me ha parecido una forma de pensar de no mucha profundidad intelectual, porque está basada en el orgullo de pertenencia a una comunidad y a una identidad de la que formas parte normalmente por puro azar. El nacionalismo independentista me parece también una ideología un poco arcaica, más propia del siglo XX que del XXI. Yo en esto soy más de Sabina cuando dice que el mundo lo que necesita es que se supriman fronteras, no que se levanten. Hace unos días estuve en lo que queda del Muro de Berlín y entendí muy bien el mensaje de Sabina.

 

En fin, a lo que iba, que no me han gustado tus declaraciones sobre los Jordis. Al menos dos veces has sugerido que están en prisión por sus ideas, en línea con el argumentario del martirologio secesionista. Pero, hombre, Pep, tú tienes más luces que todo eso. ¿Te has leído el auto de la juez? Imagino que no, porque de ser así no dirías esas cosas. Los Jordis están en prisión no por luchar por la democracia ni por expresar libremente sus opiniones, que bien que lo han hecho hasta ahora sin que nadie les molestara, sino por un presunto delito de sedición por su papel rector determinante en las movilizaciones que hubo en Barcelona los días 20 y 21 de septiembre para impedir la acción de las fuerzas de seguridad y de los funcionarios judiciales en los registros de diversos edificios públicos y privados. Es una decisión judicial, tan discutible como cualquier otra, pero basada en razonamientos jurídicos. Y toda la hojarasca verbal de que son presos políticos y de que son unos santos varones que defienden la libertad y de que jamás han roto un plato, pues qué quieres que te diga. Me suena un poco a eso que dicen los vecinos de alguien que ha cometido alguna una barbaridad: “Qué raro, si era una persona muy educada que saludaba siempre en la escalera”.

Y el que piense que la de la juez es una decisión política, pues tampoco se atiene a la lógica, porque salta a la vista que la prisión de los Jordis solo beneficia a la causa independentista, y no parece muy probable que Moncloa haya presionado en esa dirección. Rajoy y los suyos son torpes, pero no tanto. En esto el más sensato ha sido el abogado de Jordi Sánchez, que lejos de sumarse a la farfolla dialéctica del victimismo, ha interpuesto un recurso en el que contradice el auto de la juez con argumentos jurídicos y le reprocha que su decisión esté basada en “sospechas e intuiciones carentes de cualquier base indiciaria”. Así seguramente acabará sacándolo de la cárcel, que la cosa, creo yo desde la atrevida ignorancia del lego en derecho, no fue para tanto.

Sé también, Pep, que no te ha gustado nada lo del 155. A mí tampoco. Es una medida de emergencia que limita derechos e interfiere gravemente en los mecanismos de representación. Pero a la vista de los últimos acontecimientos, tras una semideclaración de independencia amparada en un referéndum sin garantías y con instituciones en franca rebeldía, no se me ocurre qué otra opción había. Vivimos en un mundo en el que la gente se extraña de que el jefe del Estado defienda al Estado y de que el Gobierno defienda la Constitución. Tendrán que ganarse el sueldo, ¿no?

Ya sé que tú dices que las demandas de la gente están por encima de las leyes. Es difícil no estar de acuerdo con un enunciado tan abstracto, pero cuando pasamos de las musas al teatro la cosa no es tan sencilla.  Cualquier persona con dos dedos de frente sabe que la voluntad de los ciudadanos debe expresarse a través de unos cauces legales razonables y ordenarse adecuadamente (voluntad de quién, para qué, cómo, por qué, por medio de qué), y no estar sometida a la arbitrariedad permanente de quienes creen que el fin (o sea, la república independiente, no hay otro objetivo, seamos claros) justifica los medios (vale todo, da lo mismo que sea irregular, ilegal, paralegal y/o inmoral).

Todo esto te lo digo, Pep, desde la indiferencia hacia lo que pueda acabar pasando con Cataluña desde el punto de vista de su estatus territorial. Ni me repugna la idea de una Cataluña escindida ni creo que me cambie mucho la vida. Si puedo, seguiré yendo de vez en cuando a comer conejo con caracoles y a pasarlo bien en la Costa Brava, en la Barcelona modernista o en los Pirineos; si no puedo, pues anda que no hay sitios para disfrutar, dentro y fuera de España. Y por supuesto seguiré siendo del Barça, juegue donde juegue. Pero si no me preocupa ese desenlace,  sí en cambio me preocupan profundamente tres cosas que ya se están produciendo o pueden llegar a producirse:

 

  1. La desafección entre españoles y entre catalanes. Cuando te fuiste del Barça dijiste aquello de que si seguías “nos vamos a hacer daño”. Pues esa fase de la relación está superada. Ya nos hemos hecho daño. Mucho y por mucho tiempo. La inquina hacia todo lo catalán, latente en Madrid y en otras partes de España, se ha exacerbado, y supongo que a la inversa pasa lo mismo. El desgarro en la convivencia entre vosotros los catalanes es, si cabe, todavía más inquietante. Estáis (estamos) a un paso de que los brotes de odio, que ya han aparecido, se transformen en una selva de rencores.
  2. La desconfianza de los agentes económicos. El reloj de la economía tiene una maquinaria muy delicada y en cuanto le empieza a entrar un poco de agua –llamémosle incertidumbre–  todo se para. Se para el consumo, se paran las inversiones, se paran las exportaciones, se para el empleo… Esa espiral empobrecedora ya se ha activado en Cataluña y tarde o temprano se trasladará al resto de España.
  3. Que Messi se tenga que ir del Barça. ¿Verdad que me entiendes, Pep?

 

En fin, acabo, que me estoy alargando de más. Solo quiero pedirte una cosa: que reflexiones. Que defiendas tus ideas con pasión, pero también con responsabilidad. Tú eres probablemente la única referencia de autoridad que tiene el independentismo catalán en el mundo. Úsala con cabeza. Para generar esperanza y no para sembrar desesperación. Para unir y no para dividir. Para construir y no para destruir.

Con afecto,

Fernando

 

 

 

Fernando Saiz. 11 de noviembre de 2016

Conmoción. Furia. Desolación. Tragedia. Horror. Rechinar de dientes. La victoria de Donald Trump en las elecciones de Estados Unidos ha sido recibida por la opinión pública mundial, y por supuesto española, con sustantivos gruesos. La indignación es comprensible. Pero tiene un recorrido muy corto y revela una cierta pereza intelectual, porque no hay que reflexionar mucho para decir que Trump es una fascista repugnante que debería ser colgado de los pulgares en uno de los ventanales de la torre que lleva su nombre en Nueva York. Ya, ¿y después? Cuando se nos agoten los calificativos peyorativos y se nos hinchen las venas del cuello de tanto bramar, ¿qué? Quizás deberíamos guardarnos algo de pólvora argumental para juzgar a Trump no por lo que ha dicho o ha sido sino por lo que haga como presidente de los Estados Unidos, que al fin y al cabo es lo que más nos importa.

Curiosamente, en medio del terremoto de indignación que ha hecho temblar el mundo, el más sereno ha sido Bernie Sanders, del ala izquierda del Partido Demócrata, que fue derrotado por Hillary Clinton en la primarias de su partido. En un escueto comunicado publicado tras la victoria de Trump, Sanders dice lo siguiente:

"Donald Trump ha capitalizado la furia de una clase media en declive y que está harta del establishment económico, político y mediático. La gente está cansada de trabajar muchas horas por salarios cada vez más bajos y de ver como los empleos con sueldos decentes se marchan a China y a otros países con salarios bajos, está cansada de millonarios que no pagan impuestos y de no poder costear una educación universitaria para sus hijos, mientras los muy ricos son cada vez más ricos. En la medida en que el señor Trump promueva políticas que mejoren la calidad de vida de las familias trabajadoras de este país, yo y otro progresistas estamos preparados para trabajar con él. En la medida en que promueva políticas racistas, sexistas, xenofóbicas y contra el medio ambiente, nos opondremos vigorosamente a él".

Mis respetos para Sanders. Aquí no hay indignación fácil. Hay análisis, sosiego, reflexión y pragmatismo. Sanders, que tiene razones de sobra para sentirse horrorizado con la victoria del magnate, no solo no le insulta sino que se ofrece para colaborar con él en las políticas que favorezcan a los trabajadores, sin dejar de advertirle que vigilará todos los excesos que sospecha puede cometer.

Mientras inventamos nuevos epitetos para vilificar  a Trump y a la espera de las políticas que pueda perpetrar (o no, el poder siempre modera), quizás cabría hacerse algunas preguntas sobre lo sucedido:

 

  • ¿Por qué un movimiento de una sola persona con ideas tan despreciables que son despreciadas por su propio partido es capaz de movilizar a casi 60 millones de estadounidenses?
  • ¿Por qué no se reconoce abiertamente que Trump hizo una campaña electoral brillante y que supo conectar con el lenguaje de la gente de la calle, incluso con expresiones tan soeces como las que le escuchamos?
  • ¿Por qué primero los dirigentes republicanos y después los demócratas ignoraron con arrogancia las señales de que se estaba gestando una rebelión contra la rancia aristocracia política que ellos encarnan?
  • ¿Por qué nadie ha nominado a Hillary al premio del peor candidato a la presidencia en la historia de Estados Unidos?
  • ¿Es posible que un equipo de chalados como el que rodea a Trump neutralice las chifladuras de su jefe? ¿O aparecerá una persona sensata para poner orden?
  • ¿Es posible que la gestión de Trump acabe siendo funesta para el resto del mundo y no tan mala para su propio país?
  • ¿Por qué de un tiempo a esta parte los periodistas de Estados Unidos, y en general los del mundo occidental, se dedican a hablar más que a escuchar a la gente?
  • ¿Como encajamos la idea de que Internet ha cambiado la forma de hacer política y de ver el mundo con el hecho de que hay mucha gente que no tiene Internet?
  • ¿Por qué muchos comentaristas descalifican las encuestas previas a las elecciones y un minuto después pontifican sobre las causas de la victoria de Trump basándose en encuestas sobre el voto de los blancos, de las mujeres o de los que ganan menos de 50.000 dólares al año?
  • ¿Cuál es el sustrato común a los resultados en las elecciones de Estados Unidos y de los referéndums de Colombia y del Reino Unido, además de que ganan los que no tienen que ganar?
  • ¿Qué lecciones podemos aprender en Europa, en España y en Cataluña?
  • ¿Por qué tendemos a sentirnos superiores y a ridiculizar las decisiones de los demás países cuando no nos gustan? ¿Tan bien nos va?
Son preguntas cuyas respuestas, si alguna vez las conocemos, nos ayudarán a comprender mejor el nuevo mundo en el que vivimos.

Foto Expansión (JM Cadenas)

 

Fernando Saiz. 25 de mayo de 2016

El de ayer fue un día grande para los memorialistas de la banca española. Ana Botín-Sanz de Sautuola y O'Shea (ex Patricia, ex heredera, la sangre joven de la estirpe) y Francisco González Rodríguez (nuestro FG de toda la vida, con sus 20 años justos al frente de Argentaria y BBVA en los que ha visto bajar mucha agua bajo los puentes) se sentaron juntos en un debate público para hablar de los desafíos del sector. Lo nunca visto. La "amarga rivalidad" de Santander y BBVA, según la expresión acuñada en su día por la revista 'The Economist', se transformó ayer, al menos durante un rato, en una serena complicidad. Intercambiaron sonrisas, compartieron ideas y al final, fuera del foco de las cámaras, se despidieron con un beso más amigable que cortés. Como recuerdo, Botín le dejó a González una recomendación risueña para que tuviera cuidado con los micrófonos, que le habían dado problemas durante el debate.

Habrá quien piense que la desgracia une. Puede ser. Hoy en día, Santander y BBVA, aun siendo entidades muy diferentes, tienen en común al menos tres grandes amenazas: la regulación, que les ahoga con crecientes exigencias de capital;  los tipos de interés, que les impiden ganar dinero ("nos están matando", sentenció ayer González), y la revolución tecnológica, que erosiona su base de clientes. Un triángulo potencialmente letal que ha convertido a la banca en el peor negocio del mundo, después del fútbol.

O sea, que sí. Que  Santander y BBVA tienen buenas razones para apelar a la solidaridad de los desgraciados. También puede influir en el cambio de tono de la relación que ya no se perciben como rabiosos competidores: los enemigos son otros. Con todo, no es fácil olvidar las disputas a bayoneta calada que ambos tuvieron en Latinoamérica durante los años noventa, ni las infantiles contraprogramaciones de resultados y eventos durante de la primera década de este siglo ni las reprimendas que recibían los empleados del BBVA si se le ocurría aparecer en la oficina con una corbata roja.

Toda esa escenografía de Capuletos y Montescos, cuidadosamente diseñada durante muchos años por Emilio Botín y Francisco González, se diluyó durante las jornadas organizadas en Madrid por el Instituto Internacional de Finanzas, un potente lobby financiero internacional, en las que se dieron cita la creme de la creme de las finanzas europeas. Ana Botín (elegante y delgadísima en un conjunto de tonos azules, el color corporativo de BBVA) y Francisco González (severo en su atuendo clásico) se prestaron a participar en el debate estrella de la jornada en un auditorio lleno a reventar, con gente tirada por las escaleras de acceso.

Ambos vinieron a decir lo mismo, con algunos matices. González, como siempre, fue rotundo en sus opiniones y se recreó en su intervención sobre la transformación digital. Botín estuvo algo más comedida y a propósito del Brexit puso el acento en su compromiso con el Reino Unido. Si en el fondo del debate coincidieron, en el aspecto formal hubo algunas diferencias, y el que salió perdiendo fue González. El presidente del BBVA, siempre muy serio, se mostró en alguna fases del debate atascado y nervioso. Botín en cambio pareció más suelta, más sonriente y natural, bien pertrechada tras un inglés fluido, aunque quizás con alguna muletilla de más.

¿Fumaron Ana Botín y FG la pipa de la paz? Quizás no. Humo no vimos. El lenguaje no verbal de Botín, que cruzó la pierna ostensiblemente en dirección contraria a donde se sentaba González, revela distanciamiento. Pero seguramente el debate de ayer servirá para mejorar una relación averiada durante años por enconos empresariales y personales, lo cual es un señal de madurez que puede servir de ejemplo en otros ámbitos. Como decía uno de los asistentes al debate: "Si estos se pueden entender, ¿por qué no nuestros políticos?".

El debate de

El debate de anoche en Antena 3 fue el mejor que recuerdo. Porque:

  • La puesta en escena fue elegante e informal al mismo tiempo. No se vio cartón-piedra.
  • Los conductores estuvieron impecables. Ana Pastor moderó su ansia interrogativa y aportó el tono justo de exigencia. Vicente Vallés ofició con aplomo y alguna repregunta pertinente.
  • El cruce de opiniones fue relativamente vivo. Claro que los candidatos recitaron muchos de sus mensajes, pero el debate no fue una sucesión de monólogos. Hubo interrupciones, duelos dialécticos y algún intercambio de disparos a cuatro.

 

Tres candidatos, cuatro participantes, cinco protagonistas

  • Pedro Sánchez. Quizás el menos afortunado de los cuatro. Se equivocó en la primera parte del debate al reaccionar con unas desconcertantes risitas a los argumentos de los demás. Su asesor, Óscar López, debió aleccionarle en el primero de los descansos publicitarios (luego se verían unas imágenes en las que le echaba claramente la bronca), porque después Sánchez corrigió el tiro y remontó. Lo pasó mal en el debate económico. No tuvo respuesta ante las acusaciones de Soraya de haber dejado a España al borde del precipicio. Tampoco pudo replicar, como hubiera sido de ley, que Zapatero ayudó a evitar el rescate, porque sabía que si utilizaba ese argumento Iglesias se lo hubiera comido crudo. Mucho mejor estuvo Sánchez cuando abordó los temas institucionales, como la reforma de la Constitución o la colaboración frente al terrorismo yihadista. Su mensaje: "El cambio soy yo".
  • Pablo Iglesias. Tuvo algún desliz (el referéndum de Andalucía, el hilarante waterhousewatchcoopers, la mención a Ocho apellidos catalanes como ejemplo de la España plural) pero sigue siendo bueno en la descripción y el diagnóstico de los problemas. Empitonó más de una vez a Pedro Sánchez con una actitud entre crítica, paternalista y condescendiente. Se trabajó bien a su público con apelaciones como la de que "este país no se merece un presidente como Aznar nunca más", pero apenas si le zurró a Soraya, como si no fuera de su nivel. Cerró su intervención con una invitación a la sonrisa, aunque a él lo de sonreír no se la da bien: cuando lo intenta le sale una mueca. Su mensaje: "La izquierda soy yo".
  • Albert Rivera. El más nervioso de todos. El primer plano general de los cuatro delató su ansiedad. Decepcionó un poco las expectativas previas. Sin embargo, hilvanó algunos buenos argumentos en materia económica y jugó con habilidad a repartir apoyos entre unos y otros para resaltar su centralidad en el espacio político y por tanto su capacidad para forjar alianzas a uno y otro lado de su abanico ideológico. Dejó claro que va a por todas y que quiere ser presidente, no palmero. Su mensaje: "El imprescindible soy yo".
  • Soraya Sáenz de Santamaría. Salió airosa. Le sobraron algunos latiguillos (ese "En primer lugar...") y sus explicaciones sobre la ausencia de Rajoy sonaron huecas, pero se atuvo a sus mensajes centrales ("hablar es fácil, gobernar es muy difícil", "me hubiera gustado ver a algunos hace cuatro años") y cumplió con eficacia su función de papel secante. Lo pasó mal cuando le atizaron con el tema de la corrupción, pero no se puso roja porque ella no está en el círculo de los malditos de Bárcenas ni tampoco pinta mucho en el partido. Su mensaje: "La estabilidad es Él"
  • Mariano Rajoy. Su fantasma sobrevoló durante todo el debate. Difícilmente lo hubiera hecho mejor que Soraya. En caso de haber comparecido, los otros candidatos hubieran tenido un blanco fácil al que disparar, sobre todo en el tema de la corrupción. Desde ese punto de vista, la decisión de no ir puede considerarse acertada. Sin embargo, su ausencia puede interpretarse como un acto de suficiencia, de dejación de responsabilidades o de un tacticismo mal entendido, o de las tres cosas a la vez. Mucho tendrá que esforzarse en la campaña para limpiar esa imagen peyorativa. Su mensaje: "Yo soy yo".

 

El posdebate

En el posterior debate televisivo de los segundos espadas, llamó mucho la atención la saña con que Óscar López , el representante del PSOE, se empleó contra Íñigo Errejón, el lugarteniente de Pablo Iglesias, que se vengó de él acusando a uno de los analistas de la mesa, Luis Arroyo, de estar a sueldo del PSOE. El representante de Ciudadanos, Fernando de Páramo, también se las tuvo tiesas con Errejón a propósito de qué partido está perdiendo fuelle en la campaña. La prometedora, o eso dicen, Andrea Levy, del PP, fue la más floja y apenas abrió la boca para decir cuatro obviedades.

 

La propuesta estética

Sánchez y Rivera se parecieron en todo: altos, apuestos, traje oscuro, camisa blanca, corbata roja. La estética vieja y nueva fue indistinguible. Iglesias marcó distancias respecto a los demás con su look juvenil habitual, aunque chirría un poco esa camisa de Carrefour metida con calzador por dentro de los vaqueros. Soraya compareció con un atuendo un poco extraño, vistiendo una chaqueta gruesa abotonada que parecía de terciopelo. No le beneficia ser tan bajita, pero tampoco está en edad de lucir una imagen merkeliana.

 

El corolario

El nuevo atlas de la política española es mucho más divertido.

Fernando Saiz. 8 de diciembre de 2015

El debate de anoche en Antena 3 fue el mejor que recuerdo. Porque:

  • La puesta en escena fue elegante e informal al mismo tiempo. No se vio cartón-piedra.
  • Los conductores estuvieron impecables. Ana Pastor moderó su ansia interrogativa y aportó el tono justo de exigencia. Vicente Vallés ofició con aplomo y alguna repregunta pertinente.
  • El cruce de opiniones fue relativamente vivo. Claro que los candidatos recitaron muchos de sus mensajes, pero el debate no fue una sucesión de monólogos. Hubo interrupciones, duelos dialécticos y algún intercambio de disparos a cuatro.

 

Tres candidatos, cuatro participantes, cinco protagonistas

  • Pedro Sánchez. Quizás el menos afortunado de los cuatro. Se equivocó en la primera parte del debate al reaccionar con unas desconcertantes risitas a los argumentos de los demás. Su asesor, Óscar López, debió aleccionarle en el primero de los descansos publicitarios (luego se verían unas imágenes en las que le echaba claramente la bronca), porque después Sánchez corrigió el tiro y remontó. Lo pasó mal en el debate económico. No tuvo respuesta ante las acusaciones de Soraya de haber dejado a España al borde del precipicio. Tampoco pudo replicar, como hubiera sido de ley, que Zapatero ayudó a evitar el rescate, porque sabía que si utilizaba ese argumento Iglesias se lo hubiera comido crudo. Mucho mejor estuvo Sánchez cuando abordó los temas institucionales, como la reforma de la Constitución o la colaboración frente al terrorismo yihadista. Su mensaje: "El cambio soy yo".
  • Pablo Iglesias. Tuvo algún desliz (el referéndum de Andalucía, el hilarante waterhousewatchcoopers, la mención a Ocho apellidos catalanes como ejemplo de la España plural) pero sigue siendo bueno en la descripción y el diagnóstico de los problemas. Empitonó más de una vez a Pedro Sánchez con una actitud entre crítica, paternalista y condescendiente. Se trabajó bien a su público con apelaciones como la de que "este país no se merece un presidente como Aznar nunca más", pero apenas si le zurró a Soraya, como si no fuera de su nivel. Cerró su intervención con una invitación a la sonrisa, aunque a él lo de sonreír no se la da bien: cuando lo intenta le sale una mueca. Su mensaje: "La izquierda soy yo".
  • Albert Rivera. El más nervioso de todos. El primer plano general de los cuatro delató su ansiedad. Decepcionó un poco las expectativas previas. Sin embargo, hilvanó algunos buenos argumentos en materia económica y jugó con habilidad a repartir apoyos entre unos y otros para resaltar su centralidad en el espacio político y por tanto su capacidad para forjar alianzas a uno y otro lado de su abanico ideológico. Dejó claro que va a por todas y que quiere ser presidente, no palmero. Su mensaje: "El imprescindible soy yo".
  • Soraya Sáenz de Santamaría. Salió airosa. Le sobraron algunos latiguillos (ese "En primer lugar...") y sus explicaciones sobre la ausencia de Rajoy sonaron huecas, pero se atuvo a sus mensajes centrales ("hablar es fácil, gobernar es muy difícil", "me hubiera gustado ver a algunos hace cuatro años") y cumplió con eficacia su función de papel secante. Lo pasó mal cuando le atizaron con el tema de la corrupción, pero no se puso roja porque ella no está en el círculo de los malditos de Bárcenas ni tampoco pinta mucho en el partido. Su mensaje: "La estabilidad es Él"
  • Mariano Rajoy. Su fantasma sobrevoló durante todo el debate. Difícilmente lo hubiera hecho mejor que Soraya. En caso de haber comparecido, los otros candidatos hubieran tenido un blanco fácil al que disparar, sobre todo en el tema de la corrupción. Desde ese punto de vista, la decisión de no ir puede considerarse acertada. Sin embargo, su ausencia puede interpretarse como un acto de suficiencia, de dejación de responsabilidades o de un tacticismo mal entendido, o de las tres cosas a la vez. Mucho tendrá que esforzarse en la campaña para limpiar esa imagen peyorativa. Su mensaje: "Yo soy yo".

 

El posdebate

En el posterior debate televisivo de los segundos espadas, llamó mucho la atención la saña con que Óscar López , el representante del PSOE, se empleó contra Íñigo Errejón, el lugarteniente de Pablo Iglesias, que se vengó de él acusando a uno de los analistas de la mesa, Luis Arroyo, de estar a sueldo del PSOE. El representante de Ciudadanos, Fernando de Páramo, también se las tuvo tiesas con Errejón a propósito de qué partido está perdiendo fuelle en la campaña. La prometedora, o eso dicen, Andrea Levy, del PP, fue la más floja y apenas abrió la boca para decir cuatro obviedades.

 

La propuesta estética

Sánchez y Rivera se parecieron en todo: altos, apuestos, traje oscuro, camisa blanca, corbata roja. La estética vieja y nueva fue indistinguible. Iglesias marcó distancias respecto a los demás con su look juvenil habitual, aunque chirría un poco esa camisa de Carrefour metida con calzador por dentro de los vaqueros. Soraya compareció con un atuendo un poco extraño, vistiendo una chaqueta gruesa abotonada que parecía de terciopelo. No le beneficia ser tan bajita, pero tampoco está en edad de lucir una imagen merkeliana.

 

El corolario

El nuevo atlas de la política española es mucho más divertido.

 

 

 

 

 

 


 

Fernando Saiz. 9 de julio de 2015

Ahora que lo de Grecia está calentito, ha vuelto a ponerse de moda la palabra austericidio. Un rastreo rápido por Google nos da 66.800 resultados. No está mal, teniendo en cuenta que el término se inventó hace solo tres años: los historiadores de los neologismos le adjudican la autoría a Gaspar Llamazares en un tuit de julio de 2012.

Lo curioso es que, como viene denunciando Fundéu con escaso éxito, el término se utiliza en sentido exactamente opuesto a su literalidad. Políticos y periodistas, normalmente de izquierdas, llaman austericidio a las políticas de ajuste contra la crisis que matan (a la gente, al Estado del Bienestar, a la igualdad...) y utilizan el término como un dardo contra los que las proponen o defienden. Por el contrario, la formación etimológica de austericidio sugiere que la austeridad no es la que mata, sino la que muere.

Para darse cuenta de que austericidio quiere decir matar la austeridad no hay que haber estudiado letras puras. Basta con fijarse en que el sufijo latino -cidio, que viene del latín occidere (matar), se emplea en sustantivos como homicidio, suicidio, parricidio, fraticidio, magnicidio, tiranicidio o genocidio, en los que el prefijo que lo acompaña no es el agente que mata sino la víctima (una persona, uno mismo, el padre, un hermano, una gran personalidad, un tirano, un grupo social...).

Por supuesto, hay otros ejemplos de palabras que acaban queriendo decir lo contrario de lo que significaban en origen.  El origen griego de enervar es debilitar y no excitar o poner nervioso, como ha acabado por imponerse. Lo mismo podemos decir del adjetivo lívido, cuya etimología latina nos lleva a pensar que se refiere a algo amoratado, cuando su acepción más conocida es intensamente pálido; o de álgido, que es sus inicios se utilizaba como sinónimo de glacial o muy frío, y que ahora se emplea para describir un momento culminante.

Pero no conozco ninguna palabra en que sea tan flagrante la contradicción entre lo que se dice y lo que se quiere decir como en austericidio.

¿Solución a esta disfunción lingüística? Haberlas, haylas. La propia Fundeu sugiere algunas opciones, como austeridad letal, austeridazo, austeridad suicida... Se pueden añadir otras: austecalipsis, austeharakiri... Pero ninguna queda tan redonda y gráfica como austericidio, así que seguramente están condenadas al olvido. Como dicen los clásicos, nunca dejes que la realidad te desmienta un buen titular.

Post Scriptum. A todo esto, austero viene del latín austerus, que a su vez procede del griego austeros, que quiere decir áspero y seco. Con esos antecedentes, la política de ajuste necesita una buena estrategia de rebranding.



Pero para darse cuenta de que austericidio quiere decir matar la austeridad no hay que saber ni latín ni griego. Basta con fijarse en el sufijo -cidio, que se emplea en términos como homicidio, suicidio, parricidio, fraticidio, tiranicidio o genocidio, en los que el prefijo que lo acompaña no es el agente que mata sino la víctima (un hombre, uno mismo, el padre, un hermano, un tirano, un grupo social...)  

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