Fernando Saiz. 2 de marzo de 2015.

El nombre de Berkshire Hathaway puede sonar a medias de nailon de los años sesenta. Su origen es en efecto ése: un decadente imperio textil. Pero hoy es una de las compañías de inversión más rentables del mundo, que tiene entre su empresas participadas a gigantes como Coca Cola, American Express o IBM. En 2015, Berkshire Hathaway ha cumplido cincuenta años bajo la tutela de Warren Buffet, un afable vejete de Omaha (una ciudad de Nebraska del tamaño de Murcia), que pasará a la historia por ser uno de los tipos más avispados que jamás han pisado el planeta de las finanzas.

Pero lo que más me llama la atención de Buffet no es ni su dinero (es el tercer hombre más rico del planeta, tras Bill Gates y Carlos Slim) ni su mística filosofía de inversión ni siquiera sus interesantes puntos de vista sobre los impuestos a los ricos. Lo que realmente me parece fascinante de él son sus cartas a los accionistas. Cada año escribe una, con ocasión de la presentación de resultados del ejercicio, y cada año da en ellas una lección de frescura, transparencia, pedagogía financiera, sentido común y autocrítica.

La carta de este año es especial por coincidir con el quincuagésimo aniversario de la gestión de Buffet. En ella, tanto Buffet como su socio Charlie Munger ofrecen su punto de vista sobre esos cincuenta años y sus perspectivas para el próximo medio siglo. El resultado es igualmente brillante. Buffet empieza por describir una "monumentalmente estúpida decisión" (no vender sus acciones de la primitiva Berkshire, a la que consideraba un "negocio horrible") y acaba admitiendo otros grandes errores, como no deshacerse a tiempo de sus acciones en la cadena de supermercados británica Tesco, que le ha costado a su empresa la friolera de 444.000 millones de dólares.

Es como si estuviera pidiendo perdón a sus accionistas, a los que ha hecho inmensamente ricos durante todos estos años. Porque a pesar de todos los desatinos que Buffet reconoce haber perpetrado como si estuviera en un confesionario y esperara la penitencia, en esos cincuenta años Berkshire ha multiplicado el valor de sus acciones por casi 1,8 millones. Eso significa que el afortunado visionario que en 1964 invirtiera diez dólares en una participación de la empresa y la hubiera dejado dormir allí ahora recibiría por la misma 18 millones de dólares.

Pero volvamos a las cartas. Otra de las cosas que me gustan de ellas es su fino sentido del humor. Este señor de Murcia (perdón, de Omaha) no tiene muy buena opinión del enjambre de intermediarios, banqueros de inversión y asesores que rodean su compañía en busca de oportunidades y lo explica en su última carta con una de sus peculiares frases: "Los asesores te regalarán los oídos pero nunca te regalarán nada en tu cartera".

También critica con elegancia a todos aquellos que les ofrecen invertir en empresas que no les interesan ni se ajustan a su estrategia de compra: "Es increíble la cantidad de gente que cuando tú les dices que quieres comprar perros de raza collie te ofrecen cocker spaniels". En otro momento de la carta explica que los cánceres de una empresa son la arrogancia, la burocracia y la complacencia, que en su opinión pueden acabar con las más sólidas de las compañías. "Hay muchos ejemplos de esto, pero para no perder amigos sólo me referiré a casos de un pasado remoto", como los de General Motors o IBM. También se permite atacar al statu quo, como cuando dice que "si los caballos hubieran controlado las decisiones de inversión, la industria del automóvil no existiría", lo cual no deja de ser una paradoja, siendo él el statu quo con mayúsculas de la inversión en el mundo.

En fin, resumiendo: que las cartas de Buffet (38 en total, ya que empezó a escribirlas en 1977) son un ejemplo vibrante de literatura corporativa de recomendable lectura para todo aquel que tenga una mínima curiosidad por el mundo de las finanzas y de las empresas. Y no intenten buscar nada parecido por estos lares, que no lo van a encontrar.

Fernando Saiz. 10 de septiembre de 2014

Como en la frase ritual de la sucesión monárquica, en el Banco Santander nunca hay una presidencia sin Botín. Tras el inesperado fallecimiento del patriarca (los poderosos se mueren como los demás, que dice un amigo), el Consejo de Administración ha decidido, a petición de la Comisión de Nombramientos, nombrar a su hija, Ana Patricia Botín, nueva presidenta ejecutiva de la entidad.

No había otro nombre sobre la mesa. Aunque él siempre negaba que se fuera a retirar, Emilio Botín llevaba muchos años muñendo la sucesión. Ana Patricia, su primogénita, era la elegida. Harvard, JP Morgan, Santander Investment, Banesto, Santander UK... Toda su carrera había sido cuidadosamente planificada para alcanzar la presidencia del banco y así ha terminado siendo, por más que el desenlace se haya producido de forma dolorosa, abrupta e imprevista.

En el camino, la estrategia sucesoria familiar tuvo algún tropiezo, como cuando en 1999 Ana Patricia abandonó sus responsabilidades ejecutivas en el entonces recién creado BSCH (la fusión de Santander y Central Hispano), tras un reportaje aparecido en el suplemento dominical de 'El País' en el que se sugería que ella sería la sucesora, en detrimento del consejero delegado Ángel Corcóstegui. Pero su padre sabía que era cuestión de esperar y cuando se desembarazó de todos sus aliados del Central Hispano (tardó tres años en echar a Corcóstegui, el que más aguantó, envuelto con el lazo de la mayor indemnización jamás vista en este país) recuperó a su hija para la causa corporativa y la nombró presidenta de Banesto.

Emilio Botín fue un genio de la banca. Solo así se explica que en su 28 años de presidencia consiguiera transformar un banco casi regional (en 1986 era el sexto de España, más o menos el equivalente a lo que sería hoy el Banco Sabadell) en la mayor entidad financiera de la zona del euro. Fue, sobre todo, un especialista en forjar acuerdos. Guiado por su instinto, extendió su red a golpe de fusiones y adquisiciones, y hoy en día el banco está firmemente implantado en diez países de Europa y América y hace negocios en cuarenta mercados de todo el mundo. También desarrolló una gran habilidad para conectar con el poder político. Él fue el que en enero de 1996, a pocos meses de las elecciones generales que ganó el PP, le organizó y le pagó a José María Aznar un viaje a Londres para que se presentara en sociedad ante los inversores de la City de Londres. Botín trabó asimismo una buena relación con José Luis Rodríguez Zapatero, que le retribuyó adecuadamente con el indulto de su mano derecha en el banco, Alfredo Sáenz, en una de sus últimas decisiones como presidente del Gobierno.

Pero Emilio Botín también tenía sus limitaciones y contradicciones. Su omnipotencia, su sentido patrimonialista del banco, su desdén por las buenas prácticas de gobierno corporativo y su nulo dominio del inglés le convertían en un gestor anacrónico, propio de otros tiempos. Una anécdota: hasta hace no mucho, Emilio Botín usaba un teléfono móvil de los antiguos que en su parte trasera tenía pegado un papel con los números de teléfono de sus allegados.

Ana Patricia tiene edad, carácter y formación para superar esos hándicaps. Botín ha muerto, ¡viva Botín!

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Pasada la agitación inicial, acabo de ver y escuchar con detenimiento el discurso de abdicación del rey. No es una pieza oratoria que vaya a hacer leyenda, pero es un buen discurso. Corto, sustancioso y apropiadamente trasnochado. Este es el resumen.

707 palabras, 345 segundos. Menos de dos folios y seis minutos escasos para despedir casi cuarenta años de reinado es una buena proporción. Algunos de nuestros administradores públicos y privados deberían aprender de este ejemplo de concisión. El discurso está construido con un estilo llano que facilita su comprensión. Emplea frases cortas (hay alguna excepción, bien resuelta con la entonación), conceptos sencillos e imágenes limpias. Solo se advierte un pasaje algo viciado, cuando dice "por el Gobierno y las Cortes Generales se provea a la efectividad de la sucesión conforme a las previsiones constitucionales". Seguro que los abogados metieron mano ahí.

Mensajes con chicha. El discurso tiene cuerpo. Más allá de las inevitables apelaciones patrióticas ("guardo y guardaré siempre a España en lo más hondo de mi corazón") y de los no menos inevitables elogios al heredero, el rey esboza una explicación racional de su renuncia al hablar de las "serias cicatrices en el tejido social" y del "balance autocrítico de nuestros errores y de nuestras limitaciones como sociedad". Y, lo más importante, admite entre líneas su incapacidad para enfrentarse a la difícil situación actual: "Hoy merece pasar a la primera línea una generación más joven, con nuevas energías, decidida a emprender con determinación las transformaciones y reformas que la coyuntura actual está demandando y a afrontar con renovada intensidad y dedicación los desafíos del mañana".

La letra pequeña. Las menciones de reconocimiento a la reina Sofía y a la princesa Leticia son detalles de generosidad del monarca tanto más valorables si se tiene en cuenta que eran innecesarias. Con ninguna de las dos se lleva bien. A la reina apenas la saluda cuando se la cruza por los pasillos y a la nuera la desaira en presencia de terceros. Pero el rey sabe que ambas son importantes y por eso les dedicó la letra pequeña de su discurso.

Cocodrilos sobre la mesa. La puesta en escena del discurso es antediluviana. La mesa anticuada, el cartapacio negro, la agenda gastada, la lámpara de latón, un barómetro, varios cocodrilos pisapapeles que parecen salidos de una obra de teatro de Ionesco... Diríase que tanta ranciedad es deliberada. Si no fuera por la bandera de la Unión Europea, el decorado del discurso hubiera podido ser el mismo hace cuarenta años, cuando todavía vivía Franco. ¿No es ese el mejor argumento para la abdicación? ¿No es esa escenografía una metáfora de la deriva de la institución?

Un chiste-resumen. William Chislett, del Real Instituto Elcano, y antiguo corresponsal periodístico en España, desveló en un blog del diario británico Financial Times un chiste que el rey Juan Carlos le había contado sobre él mismo: "¿Sabes por qué me coronaron rey en un submarino? Porque en el fondo no soy tan estúpido".

anuncio medicinas Fernando Saiz. 7 de enero de 2014

Los comienzos de año nos inspiran deseos tiernos y objetivos imposibles. Pero a partir de cierta edad uno ya no tiene ganas de proponerse eso de ir al gimnasio a quitarse la lorzas, dedicar más tiempo a los niños que ya no lo son, aprender inglés de verdad, sonreír al vecino que nunca saluda o reírle los chistes al esaborío de tu cuñado. En lugar de gastar pólvora inútil, yo este año he repasado mis contradeseos, las cosas que más rabia me dan y que me gustarìa que desaparecieran. A ver si con el conjuro de la palabra podemos cambiar algo el mundo que nos rodea. Por estricto orden de indignación (de mayor a menor), son las siguientes:


  • La consigna con la que acaban todos (¡todos!) los anuncios de televisión sobre medicamentos desde hace un par de décadas. "Lea las instrucciones de este Medicamento y consulte al Farmacéutico", dice una y otra vez, como una maldición bíblica, el cartelón de letras blancas sobre fondo azul y terribles iconos gráficos. Aun a riesgo de que me llamen esteta, odio esa eme y esa efe mayúsculas completamente innecesarias y me horripilan los dibujitos que acompañan el texto y que no pasarían un examen de Primaria. La mano y el papel con letra temblorosa, el matraz de laboratorio a medio llenar, el señor en bata... Puaj. No sé quién es el responsable de tal agresión audiovisual al pueblo llano, pero alguien debería hacer algo para que no acabemos odiando el Fluimucil Complex, que es de lo más moderno contra el resfriado, o el mucho más viejuno Vicks Vaporub. ¿Qué tal un 'restyling' a fondo? O mejor, una ejecución tras juicio sumarísimo. 

 

  • Los discursos navideños de nuestros representantes y políticos. El mensaje casi siempre insustancial del Rey ya es lo de menos; el problema es que los presidentes de las comunidades autónomas toman ejemplo y van camino de escribir un tratado sobre cómo decir menos cosas en quince minutos. Los medios de comunicación, que no tienen otra cosa de que hablar en estas fechas, les dan bola, y así pasa, que al año siguiente repiten todos, satisfechos con su innata capacidad para traspasar las pantallas y llegar al corazón de sus conciudadanos. Angelitos.   

 

  • La gerontocracia empresarial.española. Me he entretenido en echar la cuenta de la edad de los presidentes de las diez principales empresas españolas (digamos que BBVA, Caixa Bank, Gas Natural, Iberdrola, Inditex, Repsol, Santander, Telefónica, Mercadona y El Corte Inglés) y sale una media de 71,2 años. Ninguno baja de los 60, cinco de ellos superan con creces los 70 y sólo dos (Ignacio Sánchez Galán y Juan Roig) no llegan a la edad de jubilación, y por los pelos. En fin, que méritos tendrán, no digo que no, pero habrá que pensar en ir haciendo hueco a los que vienen empujando, que luego nos ponemos a hablar del nuevo modelo productivo y del valor de la innovación, bla bla bla, pero de renovar a los que mandan ni mu. Porque además de directivos provectos, los antedichos llevan, salvo contadas excepciones, una pila de años en el cargo y están más vistos que Ana Rosa Quintana en la portada de 'AR'.

 

  • Las tertulias deportivas de la televisión. Esto también tiene tela. Admito que es un espectáculo hipnótico. Reconozco que, de vez en cuando, caigo en trance y me quedo atrapado en la madrugada. Pero si se miran con una cierta distancia, estos programas son un espejo cruel del sectarismo nacional y de la degradación de la profesión periodística. Como analgésico moral, yo prefiero pensar que esos señores, y algunas señoras, que salen cada noche a lanzar dentelladas dialécticas a la garganta a sus presas, son actores. No muy buenos, quizás, pero actores. Asumen un papel, lo defienden con argumentos no siempre inteligibles ni inteligentes (el guión suele ser flojo) y dan la réplica a otros histriones que también tienen un rol muy definido en la representación. Hay dos de estos actores que me fascinan. Uno es un señor (me perdonarán que no diga nombres) que está siempre enfadado. Siempre. Diga lo que diga, pase lo que pase. A ese hombre hay que hacerle un monumento por su perseverancia en el empeño dramático. Porque no quiero ni imaginar que sea así fuera de los platós; su vida sería un infierno. El otro es, por el contrario, un tipo campechano y jovial, de esos que te llevarías siempre a tomar unas copas, y dice todo tipo de burradas con gran profundidad metafísica. Este perla, más que actuar, sobreactúa, y lo hace de manera tan convincente que no sabes si abrazarle o mandarle a Guantánamo. En fin, una ópera bufa en toda regla.

 

  • La pelea de marketing a muerte entre el "estamos mejor" y el "no vamos bien". Cualquier dato estadístico de la coyuntura económica es ferozmente manipulado por capuletos y montescos, que utilizan argumentos simétricos y perfectamente contradictorios de un mes para otro ante la perplejidad de la opinión pública. Que un mes sale bien el paro y mal la afiliación a la Seguridad Social, pues toda la artillería mediática en una dirección y la contraria. Que al mes siguiente es al revés, pues no hay problema: los cañones invierten su posición y disparan contra lo que poco antes habían defendido. Que las dos cosas salen bien o mal, pues nada, se recurre a los datos desestacionalizados, o a los interanuales, o a ambas cosas a la vez, y ya está arreglado. Que tampoco así salen las cuentas, tiramos hacia atrás la legislatura lo que haga falta hasta que cuadren. Que siguen sin darnos la razón, pues los comparamos con la EPA o con los de los países europeos o los de la OCDE... Así hasta el infinito. Qué cansinos. Y eso que no hay elecciones generales cerca.

 

Cinco desahogos, no está mal. Me salen bastantes más, pero tampoco es cosa de empezar el año despotricando, ¿no?

 

 

ana botella Fernando Saiz.  16 de septiembre de 2013

Sé perfectamente lo que me espera. Cuando pinche en la casilla de publicar y distribuya el contenido de este blog, la familia empezará a hacerme el vacío, los amigos dejarán de invitarme a cenar, los conocidos ladearán la cara al cruzarse conmigo, los camareros me derramarán el café sobre la corbata, los compañeros no volverán a pedirme que les haga de negro en sus mensajes de sexting y mi gata me ignorará más de lo normal. Sí, un suicidio social en toda regla.

Pero es lo que tiene esto de los blogs, que no siempre uno escribe lo que le conviene. Y no puedo dejar pasar un minuto más sin decir que a mí el discurso de Ana Botella en Buenos Aires me pareció bien (los abucheos para el final, por favor). Puedo estar equivocado, pero he repasado el discurso completo unas cuantas veces,  lo he desmontado (lo he escuchado sin imágenes y lo he visto sin sonido, para captar mejor todos los detalles de la intervención) , y en definitiva lo he analizado del derecho y del revés. Después de todo lo cual sostengo humildemente que:

  • El mensaje central del discurso está muy bien armado. La idea de que los Juegos Olímpicos son una exaltación de la vida, y no solo del deporte, es brillante y conecta con el cosmopolitismo y la alegría de Madrid. Le falla el celebérrimo "relaxing", porque un café con leche, incluso in Plaza Mayor, es más bien "stimulating". 
  • El discurso no verbal de Ana Botella es aceptable. Aunque se nota que está un poco envarada, proyecta expresividad, maneja bien las manos y los movimientos de cabeza, y sus gestos tienen un punto pasional que encaja bien con el contenido de la intervención. Le sobran los arqueos de cejas, muy visibles quizás porque las lleva demasiado pobladas.
  • La entonación, a veces histriónica o cantarina, es quizás la parte más floja del discurso. Pero si uno consigue abstraerse del soniquete del rap que tanto éxito ha tenido en las redes sociales, se dará cuenta que solo desafina en dos o tres pasajes.
  • El inglés de la alcaldesa es mejorable y tiene, claro, un fuerte acento español, pero no es terrible. Se le entendió todo. No lo digo yo, lo dice un amigo británico que lo compara con el acento que tiene el ex futbolista Michael Robinson cuando habla en castellano.  Sorprende que un país ignaro en lenguas extranjeras como el nuestro proceda al linchamiento idiomático de la alcaldesa cuando se trataba de un discurso en el que la buena pronunciación en inglés no era un prerrequisito para hacerlo bien. Así lo demuestra el hecho de que muchos de los miembros del COI tenían los cascos de traducción puestos y ni se enteraron de si Botella hablaba inglés bien o mal, en el supuesto de que fueran capaces de distinguir una cosa de la otra.

De todo lo cual deduzco que la hipercrítica y a veces divertida campaña organizada en torno al discurso es, más que otra cosa, una válvula de escape de la frustración por la no concesión de los Juegos Olímpicos a Madrid. Nada que objetar. Pero quizás lo que en el futuro quede de poso de esta polémica sea una alcaldesa mucho más popular, y por tanto con más posibilidades de ser candidata en las elecciones municipales de 2015, que antes del fiasco de Buenos Aires. El tiempo lo dirá.

Post Scriptum. Que no, que a mí Ana Botella no me cae nada bien.

 

 

 

 

 

 

 

 

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